Por Víctor Hugo Mónaco
IG: @elplacerderazonar
X: @vhmonaco
En algún punto de las últimas dos décadas, la humanidad comenzó a delegar su capacidad de pensar. No lo hizo de forma consciente. Ocurrió gradualmente, casi sin resistencia. Entre notificaciones constantes, likes, filtros de belleza y una sobreexposición a información irrelevante, el pensamiento crítico —esa facultad que dio forma a civilizaciones enteras— empezó a diluirse en un océano de estímulos digitales.
Sin embargo, hoy estamos presenciando un fenómeno inesperado: el pensamiento crítico está renaciendo.
Y lo hace, paradójicamente, porque los algoritmos han demostrado ser incapaces de otorgar sentido a la existencia humana.
La primera paradoja del siglo XXI
Nunca en la historia habíamos tenido tanto acceso a la información.
Y, sin embargo, nunca habíamos pensado tan poco.
Los algoritmos nos muestran lo que queremos ver, no lo que necesitamos comprender. Nos alimentan con certezas inmediatas, mientras que la realidad exige dudas, preguntas incómodas y reflexión profunda. La nueva forma de ignorancia ya no proviene de la escasez de datos, sino de la saturación constante de estímulos.
La segunda paradoja: la libertad que encadena
Las redes sociales prometieron libertad, expresión y democratización de la palabra. Pero terminaron construyendo burbujas donde cada individuo contempla un reflejo interminable de sí mismo. Un espejo infinito que distorsiona la realidad, refuerza prejuicios y anula el encuentro con el otro.
La opinión pública ya no se forma: se programa.
Y lo más preocupante es que la mayoría no lo advierte.
La tercera paradoja: la comodidad que adormece
El pensamiento crítico exige esfuerzo. Exige silencio, incomodidad y confrontación interna. La cultura digital, en cambio, impone la lógica de la inmediatez: “rápido, simple, viral, sin demasiado esfuerzo cognitivo”.
Así, la comodidad tecnológica ha transformado al ciudadano en consumidor, y al consumidor en dependiente.
El renacer
Pero aquí emerge lo verdaderamente fascinante.
En medio de esta crisis silenciosa, está surgiendo una conciencia nueva. Una generación —joven y no tan joven— que comienza a mirar el mundo con sospecha saludable. Que se pregunta:
¿Por qué pienso lo que pienso?
¿Quién decide qué información me llega?
¿Cuánto de mi identidad es realmente mía y cuánto es una construcción algorítmica?
La saturación está despertando lucidez.
Lo que parecía el triunfo definitivo de la distracción se está convirtiendo en el terreno fértil de un despertar intelectual.
El nuevo filósofo
En este contexto, la figura del filósofo deja de ser la del académico aislado en una torre de libros. Hoy es el comunicador que interpreta antes de opinar; el líder que piensa antes de reaccionar; el periodista que no se rinde ante el titular fácil; el ciudadano que se atreve a dudar.
Hoy, ser filósofo no es un título.
Es una responsabilidad.
Porque pensar —otra vez— se ha convertido en un acto subversivo.
Hacia dónde vamos
Hay certezas inevitables:
Los algoritmos no desaparecerán.
La inteligencia artificial será cada vez más influyente.
El ruido informativo aumentará.
Pero también crecerá la necesidad del pensamiento crítico como brújula indispensable en medio del caos.
La humanidad no será destruida por la tecnología, sino por la ausencia de criterio frente a ella.
Y allí se abre una oportunidad histórica:
recuperar la soberanía mental.
No para rechazar la tecnología,
sino para usarla sin que nos utilice.
No para apagar los algoritmos,
sino para recordar que somos más que ellos.
No para luchar contra la era digital,
sino para trascenderla.
Como todo lo genuinamente humano,
el pensamiento crítico no morirá jamás.
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